Muertos Anónimos
Soy Shirley Romero una joven que tan solo se ocupa de callar su historia y romper el ruido con un poco de tinta en silencio. Soy de Turrialba, ¡exacto! de Cartago, me crié sola, nunca tuve hermanos, claro, de sangre porque tengo dos hermanos poetas, uno que otro hermanastro poeta que es de los malos, ni tan poeta ni tan hermano, dejémoslo en dos hermanos poetas, los dos mayores por cierto, grandes hermanos de vida y muerte, ellos siguen vivos por dicha. Autoformé mi vida siendo “escritora”, según mis bases teóricas podía llamarme por dentro “escritora” pero no me atreví nunca a que esa palabra me describiera como algo muy verídico, era tan solo una escritora solitaria pero me di a conocer en cierta forma o mejor dicho me dieron a conocer un poco, yo solo escribía. Me destaqué por esfuerzos máximos en mis estudios, esfuerzo en vida y según las “malas lenguas” en muerte, ya se sabe que la gente chismorrea entre vecindarios. Gran seguidora de Julio Cortázar y Ernesto Sábato, mis grandes padres de la literatura. Futura esposa soltera de Julio y gran amante (sin que lo notara) del mismísimo Ernestito, así le decía en mi vida pasada. Seguidora del Rock&Roll. Hija de mi padre y madre. Me dediqué a morir sola, preferí quedar ciega antes de dejar de leer, me enfermaba de una cosa y otra, una vuelta a la vida dentro de otra, un ciclo de pensamientos encarcelados revueltos con aire angustiante y un roce de integridad con la tristeza. Insisto en contar paso a paso de mi vida, ya saben que no siempre se habla con una persona como yo, si es que puedo llamarme persona, no me creo silueta de temor, sombra de muerte o frío de cementerio, son simples títulos o nombramientos a mi “persona”. Logré sacar mi bachillerato o la secundaria, como quieran llamarle. Luego ingresé a la universidad y logré sacar tan solo dos años de filología, luego sucedió la mala parte de mi vida (aunque siempre tuve malos momentos, lo asombroso eran los buenos momentos, rara vez aparecían). A los dos años de mis estudios universitarios me enfermé terriblemente y como vivía lejos de mis padres, ya que la universidad estaba lejos, no sabían nada y no me controlé, me encerré en la casa y no volví a la universidad, dejé un mundo atrás, nadie comprende que mi mundo, es otro, mi mundo era la soledad o parte de ella y la universidad estaba asombrosamente llena de personas con las cuales no me llevaba. Dejé mis estudios y decidí impregnarme a leer en mi casa fingiendo asistencia a las lecciones. Un amigo me informaba de cada trabajo que debía entregar, los hacía con afán falso para que parecieran excelentes y estaban repletos de mi gran imaginación, enredaba con facilidad a cualquier profesor y me daban el puntaje completo aunque pareciese mentira o fuese ilegal. Con tal de no asistir recortaba mis pestañas y hacía una rosa de sangre y lograba mi objetivo vez a vez, recibía cartas esporádicas de algún compañero que con miles de esfuerzos lograba recordar su rostro. Tenía una prioridad: morir pronto y sin decirlo a nadie. Empecé a enfermar con mayor fluidez y sencillez. Tomaba tanto café que mi estómago no recibía o no aceptaba nada más, era curioso, no dormía, no comía, no vivía y era feliz en mi cuadro de paredes. Me sentía en claustrofobia si salía fuera de mi departamento o si estaba junto a alguien más, no sabía la razón hasta hace poco. Mi reloj siempre estaba retrasado al igual que mi alegría, eso ocurría siempre, cuando estaba feliz me quedaba en la cama envuelta totalmente en las cobijas porque temía ser feliz, me quedaba allí hasta la tarde, lloraba desesperadamente porque nunca entendí el motivo de estar feliz de vez en cuando. Aún así me sentía letalmente feliz porque no tenía que viajar obligatoriamente a la playa o tomar el sol por orden y mandato, no tenía que comer en la mesa junto a alguien más, era solo yo, mis libros y mi muerte lenta y silenciosa.
Regresé una vez a la biblioteca de la universidad con los ojos llenos de ayer y una que otra falsa sonrisa, tratando de no dirigir la más mínima palabra ni al respiro de un ave y entre unas vueltas por el pasillo se me acercó un compañero de mi pasado universitario a saludar y exaltó los ojos como si fuese una asesina y me dijo: ¡¿Qué tenés?, con costos puedo verte, se ve más el color de tu sangre que tu piel! ese día me enfermé tanto que regresé a mi departamento cerré ventanas y puertas, más bien abrí una ventana porque todo siempre estaba cerrado y lance un grito dentro de mí pidiendo muerte y vida a la vez, me miré al espejo y conseguí entender por qué mi compañero se asustó al mirarme, era porque estaba tan pálida y a piel de muerte que no me reconocería ni mi misma madre. Me senté en mi cama y llamé a un amigo pidiéndole una dosis de muerte como si existiese, hablamos por cinco minutos o dos horas, quizá, y me despedí con lágrimas en mis manos deshojando mi rostro. Jamás comprendí nada, desde niña no se me quitaban las lágrimas por las noches, nunca busqué respuestas porque no entendían mis preguntas. Decidí visitar un hospital y de inmediato me internaron, no comprendí mucho menos por qué, solamente lo hicieron y me dijeron las teorías que mencioné al principio. Tenía la enfermedad letal y mortal, el puñal de la muerte en mi espalda y la coincidencia del rompimiento desgarrador de mi vida, esa enfermedad a la que le dicen algunos: “mundo propio”, “en busca de la muerte”o “sufrimiento de alquiler”, yo le decía: “mundo de muerte hecho por sufrimiento alquilado”, era todo en un mismo frasco, “lo mejor viene en frasco pequeño” (dicen) y yo tenía el frasco más grande por desgracia. Estuve internada por mucho. Al tiempo salí del hospital, viví dos semanas con mis padres, visité a mis dos hermanos poetas y morí, no me quejo de eso, las cosas suelen suceder así. Ahora estoy viviendo en un residencial llamado: Muerte en vida, vivo bien, lo malo es que no puedo leer mucho, aquí todo es muy distinto pero lo genial es que estoy tranquila y ya no estoy enferma. Una amiga dijo algo muy burdo pero a la vez sabio-“Uno come piña y al otro le duele el estómago”-…quien sabe quién comería tanta piña por mí pero estoy segura que alguien comió y mucha, ahora como no como porque no necesito nada le dolerá el estómago a otro. La cuestión es que aquí no me preocupo por nada y no me enfermo de nada, será extraño quizá pero es bueno que se vayan acostumbrando, así que ¡Bienvenidos a M.A. Muertos Anónimos! La Fuerza Pública no tiene restricciones, lo único que aquí no se permite es volver a la vida. Pues bien ¡en sus marcas, listos, fuera!
Shirley Romero
Robert Van Silefth
Solamente él estaba ahí esa noche, con una mirada rebelde, crispando los ojos como si tuviera demencia en ese instante, andaba un tanto perdido, no en el lugar sino mentalmente, estaba tan fastidiado, totalmente confundido y abrumando. Es músico por cierto, pero esa noche no tenía música ni en la mente, discutía y discutía peleando por ridiculeces y yo solo miraba el tremendo espectáculo de gritos e insultos. Más allá de las mesas llegó una madre con su hija, una jovencita como de dieciséis. Todo estaba despejado y tranquilo pero ellas también discutían, quizá la joven es un tanto despreocupada por su madre o la madre necesita toda la atención de la hija para sentirse completa, eso no me preocupaba porque mi madre y yo llevamos una relación envidiada por los demás, lo que me acarreaba repiques a la mente era el músico. Me parecía un hombre (joven) muy atractivo, todo hombre con una guitarra en la espalda, partituras en la mano y ojos negros me esclaviza o domina de una forma brutal. Él era uno de ellos, me gustó con solo mirarlo, dejó su guitarra en una de las sillas, las partituras en una mesa muy cerca de mí, me volvió a ver con ojos de tango imperturbable, se dirigió a Matías con las manos detrás de su espalda, el rostro inmóvil hacia el suelo, los pasos despiadados y fuertes, la respiración tensa y los labios severos y meditabundos; yo empecé a trepidar como si se dirigiera a mí, alzó un tanto la mirada muy cautelosamente y me miró algo afectivo y tentador, solamente lo ignoré por un segundo y le incliné el rostro como una muestra de afectividad sin conocerle y le traté de regalar una sonrisa natural pero estaba tensa y angustiada, siguió con los pies muy clavados a mi mesa. Matías se puso en pie y se acomodó la camisa, saboreó un sorbo de café y lo miró con mortificación y celo apático, puse mi mano sobre la suya, yo estaba fría y se exaltó un poco por mi inconveniente frío, mi miró como con pánico y mi hizo un guiño con el ojo como diciendo: “todo está bien”. En ese momento empezó la discusión, el músico le saludó con un sarcasmo intercalado y el pobre Matías solo se afligió por un microsegundo, le alzó la vista muy jactancioso y le hizo un gesto de imprudencia, diría yo, y le dijo sin mucho ni poco-¿qué?-el músico se molestó y empezaron algunas ofensas mezcladas con insultos indecorosos o inocentes, no estoy segura. Volteé a ver la madre con su hija y la joven lloraba, tomaban un café y ella solo lloraba mientras la madre miraba algo perturbada el pasar de los vehículos por el cristal. Matías empezó a recoger sus cosas y a decirme que nos fuéramos, no había terminado mi café y estaba absolutamente harta y hastiada de que él me dijera una y otra vez qué debía hacer por orden y mandato suyo, lo miré con escarnio y le dije-No, esta vez me quedo-solo hizo una mueca de enojo y repetición a lo que dije y se fue. Seguí sentada aunque los pies quisieran irse tras él como ya lo habían hecho muchas otras veces ante la misma situación, de todas formas el músico se sentó apeteciendo un cafecito, yo tenía tres poemas y dos cuentos, empecé a releerlos para extraviar el tiempo entre las pocas mesas que habían, tomé mi pluma negra y corregí algunos agraviantes errores que no había notado, sentí en ese momento la sombra del músico sentarse en mi mesa así que coloqué las hojas más cerca de mi rostro haciendo que no se viera e ignorando su aroma a música. Sin muchas vueltas solo me dijo-¿Me odiás?-le dije-¡No! ¿Y vos? Muy cortantemente sonrió y dijo- Jamás, ¿querés otro café? Le sonreí y le asentí brevemente. Pidió dos cafés, y los tomamos sin hablar, él miraba sus partituras como para no humillarse solo y yo miraba los poemas con una timidez recargada y mucho silencio a gritos. Terminamos el café mirándonos a los ojos y nos pusimos de pie dos minutos luego, recogí mis libros y mis papeles y él tomó su guitarra del mástil además de las partituras y nos dirigimos a la puerta, pagó todo, mi café con Matías, nuestro café y un café que había tomado antes de que Matías apareciera (soy algo adicta), ni siquiera lo podía creer, tan solo le dije-Muchas gracias, que pena-él me miraba con los ojos clavados y me respondió-Gracias a vos. Me alejé por un segundo con una estocada espina en la garganta y le sonreí casi al suelo, no creí que le importara mucho, pensé que hizo eso por dejar solo a Matías e impedir que sus órdenes me ajustaran a él pero él siguió caminando detrás de mí y luego a mi lado. Tenía un fuerte dolor de cabeza quizá por angustia acumulada, enojos y temores, sin dejarlo de lado también por toda la vergüenza que sentía en ese momento, me sentía como una princesa de vidrio, me miraba sin voltear a ver si la calle estaba hundida o no, no comprendo cómo pero no se enteró de que me había acompañado hasta mi casa, cuando estábamos en la puerta lo miré, le sonreí, bajé la mirada y le dije-Ya llegué, es mi casa-se tornó sumamente rojo y me dijo-Que imprudente no mirar la calle ¿verdad?, pero bueno ya llegaste, me voy sin muchas vueltas ni pocos pasos-solté una risita como de pena ajena y cariño profundo y le dije-Gracias por la compañía y el café, por todo lo demás y por la presencia. Se alejó mirándome y entré a la casa mirando con disimulo por la ventana aun así por estúpido que parezca me miró y alzó la mano diciendo adiós como si no me hubiese atrapado mirándole por la ventana, se devolvió casi corriendo y abrí la puerta como si estuviese en una novela y le dije-¡Hola!-sonrió con resobrada vergüenza, me miró y me abrazó muy tiernamente y me dijo al oído: -“sé que te llamás Shirley pero vos no sabés cómo me llamo”-, me dio tanta pena que lo abracé durante más tiempo para que no mirara mi sonrojado rostro, le dije-“no sé pero si lo supiera esta noche no podría dormir en paz”. Me soltó, me miró y me dijo: -“Robert Van Silefth”. Quedé impactada por su nombre, me pareció nombre de poeta francés o cuentista alemán…ja ja, aún recuerdo mi expresión, me reflejé en sus ojos y le dije sin mucho rodeo-que lindo nombre-me sentí tan tonta y avergonzada que volví la cabeza. Me seguía mirando y me dijo que nos viéramos para tomar un café, no lo pensé mucho pero le mostré un poco de desinterés para no ser muy sugestiva ni factible, solo le dije que sí muy tranquilamente pero descompensándome por dentro, estaba a medio paso de su vida. Esta vez si se marchó muy seguro y tranquilo y definitivamente mis palabras no son falsas, esa noche no dormí, escribía tanto que podía gastar y gastar hojas haciendo piruetas de romanticismo mezclado con malabares de Walt Whitman, eran ingeniosos mis escritos esa noche, salimos una, dos quizá mil veces, no hablábamos mucho ni preguntábamos más allá de lo que la mente tenía en giro. Aún así toda historia amorosa y extraña como esta tiene su final feliz y pues bien esta no lo tiene, soy feliz porque recibo cartas de él pero ahora está en Argentina haciéndose un histórico e inigualable músico, nos escribimos a diario y le envío mis poemas, uno que otro cuento y mis máximos deseos de que triunfe y él me envía sus canciones y cartas diciéndome que volverá pronto y según parece pronto vendrá, el tiempo vuela para mí y por cierto el día que lo conocí después de tomar el café caí tan enteramente en su hechizo que no me di cuenta qué ocurrió con la madre y la hija rara que lloraba por nada y todo pero yo era feliz y seguramente él vendrá en algunos años o siglos pero sé que vendrá.
S. Romero
Una foto y un sombrero
Lo miraba desde el otro vagón, pensaba que si fuese más lista cruzaría a preguntarle quién era. Estaba ahí, mirando el cristal entre precipicios y aquellos horizontes de montañas azules y negras. Yo escuchaba “Nocturno en sol” cuando volteó la mirada, jugué con mi timidez y la engañé por completo, supe amaestrar esta vez el silencio que cargo día a día.
Llegué hasta la última estación, esperé a que bajara y lo miré con detenimiento mientras mi vestido combinaba el paso con el vuelo de las golondrinas, él me miró y yo notaba cierta cizaña al mirarme, definitivamente quería hablarme, me bajé y esperaba a un amigo que no veía desde la infancia, teníamos largas décadas de no vernos…no lo reconocería solamente porque me dijo que llegaría con un sombrero parecido al de Shakespeare en una foto que ambos conservábamos. Él se puso de pie a mi lado, me miraba muy encaprichado con mis ojos, los pobres son tan tristes que llaman la atención, tenía un traje negro y una camisa blanca como si fuese a casarse, su corbata era un tanto elegante y mi vestido también le hacía juego, llevaba una rosa blanca en la mano y se veía un tanto triste, quizá desesperado por la tardía de alguna persona a la cual esperaba, supongo que ella no vendría como él lo pensaba, se sentó y me senté sin hablarle, entre una mirada desprevenida y otra noté el sombrero de Shakespeare, sí, el de mi foto y la foto de Nicolás (mi amigo, el cual estaba tardando mucho), la misma foto con la que nos despedimos, la compartíamos por correo, él me la enviaba en cada carta y lo mismo hacía yo, así que teníamos cuatro cartas al mes, carta por media nos enviábamos la foto, él una semana yo la otra y así seguidamente. Esa semana la tenía él, así que llegaría con la foto y el sombrero. El hombre seguía a mi lado, al rato sacó una foto del sombrero, la miró, sollozó y noté a Shakespeare, el tren había vuelto, nosotros seguíamos ahí y cuando él se levantó, con agallas, lo miré y le dije: -¿Nicolás?- él me miró y echó a llorar sin decir nada, caminamos sin hablar, nos sentamos en la estación, ahora estoy aquí en el tren con la foto en mis manos y escribiéndole una carta a Nicolás.
Cuentos
Poemas
Un tango por las mañanas
Será un juego esta vez,
seguramente no comprendás.
Vos estás ahí, merodeando mi silencio,
preguntando por mis desgracias.
Quizá no salgás al camino,
estarás sentado junto a la calle
dejando que las horas se duerman
y se burlen de tu sombra.
Yo estaré aquí por las mañanas,
escuchando un tango…
será perdonado en el cielo,
después dormirá como siempre.
Las rosas del primer verso
son tan monótonas que irritan
mi canción,
vos sos la primer rosa de las que hablo.
Solamente espero
que mi farmacia se abra,
la pobre descansa un poco
para no seguir entendiendo mis lágrimas.
Todo debe ser una farsa,
definitivamente estaré aquí por las mañanas,
podés visitarme, si querés me das un beso
yo no haré nada, bailaré mi tango,
escribiré de ventanas
y simples sensaciones.
Entiendo el terror que te abriga,
he de enterrarme sola
en esta simple habitación.
Tendré un amanecer genial,
miraré los cristales del cielo
e iniciaré mi sueño:
un caminar musical
con rosas nuevas que guardaré
mejor que el viejo tango
con el que duermo y me levanto.
Shirley Romero
Soledad sola
Estaba en cualquier estación
con tres fatalidades en las manos.
Siento un segundo de mar
y un poco de búsqueda
a la soledad.
Ahora tengo carruseles
mejores y peores con ojos de color
distinto, un violeta de corazón
escapando a cada paso.
Tengo una angustia silenciosa,
estoy en la esquina, ahora te logro mirar,
he cambiado por bien, por tu bien.
Rondé por los cafetines, hoy tendré
un aire grotesco, tocaré tus manos
como en los fines de semana.
Una forma de aclarar mi vida es diciéndote
que estoy sola, en una habitación
de diez mil paredes, tres puertas
y todas incorrectas.
No me temas por esta vez,
solo quiero una respuesta
para todas mis preguntas, ya se fueron
las respuestas anteriores
y no recuerdo nada.
Las auroras hicieron mi vestido esta vez
mientras seguía en la estación, me importa
lo que busco, soledad de mis pesares
y una mar de perlas negras, mírame
de nuevo y corro con penas grandes,
mira mis penas, te daré dos amapolas
y dejaré tu soledad en paz.
Shirley Romero
Seguir despiertos
Estuve sentada en la esquina de un sol negro,
terminé junto al rostro de papel que me enviaste.
Ahora estoy a tu lado entre olvido, la lluvia sigue siendo
mi espejo y tu sonrisa se mezcla con la desgracia
del café a esta hora: tres de la tarde, amargas
heridas que ambos llevamos entre manos.
Llevo el licor de sangre que guardamos en las noches,
cuatro gotas de voz y campanas de sal.
Sigo sin entender el coro que van dejando las flores
marchitas de luz.
Sigo fúnebre, entre besos de balada, mariposas de tango,
cartas de lunes y los cigarrillos que en las noches apagas con al mano.
Esta ingenua forma de llorar juntos hace que pierda la paciencia
que llevo atada a los ojos.
Quizá sea ese sol que te comenté al principio o alguna manera
de seguir pintando cielos en la pared, escuchando las voces
de la música que bailan en aquel salón, deja eso para después,
esto es solo imaginación que va en trenes de un mundo real.
Shirley Romero
Ceremonia de espejismos
Continúo en el sótano con una afonía en las entrañas,
recuerdo tenerle al lado, mi derrame de pensamientos
se iba acercando más y más a la pérdida de la desgracia.
Puedo estar segura de que mis pies adquirirán una dosis
de felicidad, esa rotunda ceremonia de espejismos
va rotando mis neutrales ideas, puedo ingerir
una taza de perdón y aún así me siento culpable de mis angustias.
Esas noches sentía aflicción envuelta en pesadumbre,
quería escapar hacia un más allá de un allá
y debía estar entre cuatro paredes que me iban desolando
cada minuto más y más hasta convertir mis agallas
en desamparos.
Por última vez puedo sucumbir mi desprecio
hasta otro mundo y dejarme llevar por la vida o la muerte,
alguna de las dos me escogerá, lo único que necesito
es salir de esta burbuja de cristal irrompible.
Shirley Romero
Poema nocturno
Sin querer miré al lado de la calle,
me gusta tener un libro
y tres estrellas en el cuello.
Iba tragando parte del aire,
lloraba olas, recuadros de papel,
luz de ojos y frío de manos.
Tenía una música de presagios,
soledad de noche,
tan solo quería subirme a una cama
y soñar con bailar un vals.
Despertar en mi habitación de una forma
distinta en mi imaginación,
encontrar dioses perdidos entre las escaleras,
buscar un mundo real, ser feliz y vivir en astros
de fuego,
tener flores muertas en un cristal roto,
hacer que en el paraíso llueva y verlo desde el alba.
Dejé que la lluvia se burlara de mis ojos,
aunque tuviese un concierto de violetas
y relámpagos negros.
Estando de pie pensé en la vida,
me quedé sentada, nocturna de vida en soles,
puedo asegurar que la soledad y los tatuajes de dolor
toman un color rojo de sangre nueva,
no importa que el cielo no se vea,
solo importa que la noche sea de verdad
y el día sea artificial para acabar y respirar miedo.
Shirley Romero
Silencio infructuoso
La pared está cubierta por tu aroma,
esta vez un aroma a soledad descontrolada.
Vestiré este día un vestido negro
como si fuese domingo y dejando pasar
las horas mientras mi retorno descansa
en la cama y mi cuerpo posa sin aliento
en la pared te dejaré hablar.
Estaré mirando aquellos libros de sal
que guardabas en el parque,
junto a la candela roja que tanto escondías.
Este recuerdo te lo dejaré junto a la fuente
donde podíamos ver las estrellas bañarse
algo inquietas en ella.
Regresaré antes de que las auroras derramen
pétalos de abril en mi suelo.
Ten presente que mi furtivo silencio
estará acompañando tus malos y buenos
momentos, sirvo más en los malos porque siempre
guardo ese silencio que va guardando
mis propios pesares al llorar.
Quisiera que te lleves de mi muerte lo mejor,
que la guardes en la voz y dejes una silla abandonada
en mi infranqueable habitación hasta que puedas entrar y sentarte
ahí esperando que mi suave suspiro tome asiento
y se permita hablar consigo misma.
Me encontraré en algún momento de rigurosa
desolación donde tus manos sean mi paz
y mi mirada pueda ser leída por el sollozar del alba.
Corresponde mi llamado esta vez, seguiré intranquila
hasta que tu corazón haga un camino y talvez el mundo
no sea tan grande y tal como lo imagino cruzar de frente
con el dolor y cantarle día a día.
Me enfrentaré a la vida y con mi rostro iluminado te dejaré
partir hasta no verte en mi camino y ese aroma a soledad
se impregne hasta que el cielo se muera en mi pecho
y tus lágrimas se vuelvan ingratas ante la desgracia
que has marcado en el camino de mi silencio infructuoso.
Shirley Romero
Fandango del tango
Solamente veía las gotas de luz caer,
un tango del sur, un gitano con piano
y manos sin saber tocar.
Gente tentativa entre veneno de silencio,
seguía tomando mi café en la escuela
de mi casa, (mi habitación).
Habían ángeles de vez en cuando
en un fandango total, podía sentir
el canto del tanguista, de verdad
sentirlo entre venas, no por ellas
sino entre ellas, como un baile silencioso
pero lleno de fuego.
La luz seguía durmiendo en mi cama,
clamaba oscuridad para sobresalir,
yo la veía con mi vestido negro
y la simple rosa posando en mis labios,
bailando, sintiendo una pena en el pecho
por mi frágil soledad.
Entiendo que solo es un tango,
una canción de travesías, un pequeño muelle
de besos translúcidos y una vela intensa
desde el fondo de mi habitación.
Hoy logro sentir esa sensación de alivio,
ese látigo en el corazón y un murmullo
de sal en el centro de la rosa,
estoy aquí mirando por la ventana,
soñando con mis manos paseándose
por el aire mientras el fandango del tango
se va intercalando en mi cuerpo.
Shirley Romero
Ciega
He visto tus labios,
copas de sangre, quietud y silencio.
Pude mirarte a los ojos,
piedras fuertes de azul turquesa.
Me atreví a tocar tus manos,
hojas de poeta como luces de noche.
Tantas veces te noté pasar entre álamos,
junto a la nada, llevando mi todo.
Arrebataste de mí el aliento neutro de la vida,
borraste el paisaje de mi mente,
un paisaje libre, eterno.
Tanto tiempo sin habla me ha llevado a pensar así:
Puedo seguir viviendo entre notas musicales sin sonido,
llorar al viento sumergida en oscuridad,
germinando mi voz mientras trago cristales.
Shirley Romero
Al otro día
De verdad, esta vez no me detendré,
contesta mi pregunta que muero
por la verdad que está debajo de tus pies.
Tengo de nuevo esa magia de insomnio,
verte en las noches, sentir que estás
a mi lado, mirándome de cerca
pero sentirte lejano, no poder
rozar mis manos por tu rostro.
Definitivamente esta vez no diré: “¡Alto!”,
lo he dicho tantas veces y hoy
deseo decirte la verdad de una forma
eterna, mientras el día que viene
se va antes de venir y mis ojos
se vuelven dos crepúsculos que mueren.
Shirley Romero
